miércoles, 11 de abril de 2018

Tomas Tranströmer: dos poemas

Imagen extraída de www.elcultural.com

Meditación agitada

Una tormenta hace girar las aspas del molino
que salvajemente, en la oscuridad de la noche, muele la nada.
Las mismas leyes te mantienen despierto.
La panza del tiburón gris es tu débil lámpara.

Recuerdos difusos se hunden en la profundidad del mar
y allí se petrifican junto a extrañas columnas. Verde
de algas está tu muleta. Quien
se va hacia la mar regresa líquido.

*

Cara a cara

El febrero lo vivo estaba inmóvil.
Los pájaros preferían no volar y el alma
roía el paisaje como un barco
roza en el muelle al cual está amarrado.

Los árboles nos daban la espalda.
La altura de la nieve se medía con juncos.
Envejecían las huellas de pasos sobre el hielo.
Se derretía el lenguaje bajo un toldo.

Algo llegó hasta la ventana un día.
Se detuvo el trabajo, yo levanté la vista.
Los colores ardían. Todo se dio la vuelta.
El mundo y yo dimos un salto el uno hacia el otro.

(Tomas Tranströmer, El cielo a medio hacer, Nórdica Libros, 2010. Traducción de Roberto Mascaró).


lunes, 26 de marzo de 2018

The Taste of Tea: cine poético

Imagen extraida de imdb.com

The Taste of Tea, de Katsuhito Ishii (Japón, 2004).

Dentro del cine globalizado que llega a las grandes pantallas, no hay espacio para películas como The Taste of Tea, debido, sobre todo, al empeño por aislar cada vez más el cine de autor, marginándolo a ser expuesto en pequeñas salas de arte y ensayo, o festivales cinematográficos (y de manera más reciente, en plataformas de streaming como Filmin o Mubi). Por otra parte, el cine globalizado no propone nuevos modos de narrar, más bien empobrece la narrativa cinematográfica con sus discursos previsibles y estrategias efectistas que simplifican toda capacidad de sugerir y sorprender. Por ello, las escasas oportunidades que permitan ver esta película deberían ser -a mi juicio- aprovechadas.

A partir de escenas cotidianas de una familia rural del Japón actual, la película no es otra cosa que el acompañamiento rutinario, con un seguimiento alternante, a cada miembro de esta simpática familia. Una madre que trabaja como diseñadora de animación, un padre psicoterapeuta hipnotizador, un abuelo senil, un tío ingeniero de sonido que cuenta extrañas y divertidas historias a sus sobrinos, un adolescente cohibido que se enamora de una nueva compañera de clase y una niña de seis años que sueña con dar una vuelta en una barra gimnástica. La narrativa es preeminentemente visual: muestra escenas personales de la vida de cada uno de ellos (como el doble gigante que se le aparece a la niña, el tren en medio de la noche que pasa delante del adolescente), además de varias escenas no exentas de cierto surrealismo y humor, que desvelan que cada persona tiene sus propios sueños y fantasmas y una particular vida interior, siempre impulsado por una belleza libre, por un canto a la vida (y al cine).

La vida cotidiana (como en las películas de Ozu) está llena de pequeños detalles que constituyen historias o singularidades diferentes y en esto podríamos decir que el director retoma su herencia del autor de Cuentos de Tokio, sólo que Ishii busca otro desarrollo más lúdico y ofrece una salida distinta a la poética de lo cotidiano a la que estábamos más habituados. El guión y la estructura son sólidos, pero si además de eso, le añadimos una brillante puesta en escena, unos planos (normalmente planos-secuencias) que asimilan la naturaleza en el desarrollo de la vida cotidiana en el campo, junto a escenas digitales, animación, videoclips, y hasta irrrupciones espaciales (¿en un pequeño guiño a 2001?), obtenemos una obra, que algunos han denominado pop, aunque también la podríamos calificar de irresistiblemente moderna).

Tercer largometraje de Katsuhito Ishii, que además ha realizado varios cortos de anime y ciencia ficción, y es el realizador del corto de animación dentro de Kill Bill vol. 1 de Quentin Tarantino. Si lo meditamos un poco, no es descabellado establecer algunas analogías entre uno y otro director, sobre todo, en su afán de liberar al cine de su carga de anquilosamiento más "clasicista" y jugar con el lenguaje cinematográfico, mezclando influencias diversas (cómic, anime, poesía, pintura) y articulando un discurso lleno de inventiva, que nos depara un futuro, cuando menos, esperanzador.

(Reseña publicada originariamente en www.deriva.org en 2005 y retocada ligeramente).



miércoles, 14 de marzo de 2018

René Char: "Los primeros instantes"



Los primeros instantes

Mirábamos correr ante nosotros el agua creciente. De repente borraba la montaña, escapando de sus flancos maternales. No era un torrente que se ofrecía a su destino sino un animal inefable en cuya palabra y sustancia nos habíamos convertido. Nos mantenía enamorados sobre el arco todopoderoso de su imaginación. ¿Qué intervención hubiera podido obligarnos? La mediocridad cotidiana había huído, la sangre arrojada era devuelta a su calor. Adoptados por lo abierto, pulidos hasta lo invisible, éramos una victoria que no terminaría jamás.

Nous regardions couler devant nous l’eau grandissante. Elle effaçait d’un coup la montagne, se chassant de ses flancs maternels. Ce n’était pas un torrent qui s’offrait à son destin mais une bête ineffable dont nous devenions la parole et la substance. Elle nous tenait amoureux sur l’arc tout-puissant de son imagination. Quelle intervention eût pu nous contraindre? La modicité quotidienne avait fui, le sang jeté était rendu à sa chaleur. Adoptés par l’ouvert, poncés jusqu’à l’invisible, nous étions une victoire qui ne prendrait jamais fin.


(René Char, Común presencia, Alianza, Traducción de Alicia Bleiberg Muñiz).